CUENTO



UNA NOCHE DE MIERCOLES


Con las manos en los bolsillos de su sobretodo azul, de estilo algo corto según le gustaba usar. Así
cruzaba Carlos el empedrado de su querido barrio de San Telmo, ya casi a oscuras en el cierre más
temprano del atardecer propio de la estación. Según su costumbre de aficionado a la lectura y
escritura, un libro, un cuaderno y lapicera lo acompañaban en el recorrido de sus bares preferidos.
Aunque su afición nocturna también lo habían llevado por cabarets y, por supuesto, el legendario
Luna Park en inolvidables jornadas de boxeo.
Apenas cerró la puerta del edificio ni bien terminó de ingresar, sintió una extraña sensación; como
una repentina revelación que abría un antigua herida de amor, del que fue absolutamente
irreemplazable en sus ahora cincuenta y tantos años de vida. No hubo viajes ni residencias foráneas
que hicieran querer menos a su San Telmo, ni tampoco olvidar aquel amor, carnalmente fervoroso y
luminosamente inteligente; tal como llevaba en su interior el recuerdo de Marcela. ¿Pero por qué de
golpe volvía a su mente su nombre y su figura? Los años pasados no podían, sin embargo, dejar que
por algún extraño influjo de su conciencia o tal vez de su indomable melancolía el recuerdo de
Marcela continuara siguiéndolo de por vida. Claro que esta vez fue muy raro. No estaba entregado a
la sosegada añoranza de nada en particular. Tan solo fue cerrar la pesada puerta de entrada al
edificio y sentir a Marcela; su presencia.
Apenas unos segundos en los que sintió un temblor en su cuerpo. No podía ser, era imposible, su
rastro lo había perdido hacía mucho tiempo y se prometió nunca buscarla. Siempre se culpó de la
ruptura y hasta le daría vergüenza volver a verla. No sabría qué decirle ni qué hacer. Después de
todo, el pasado es un espacio de nuestras vidas que no tiene retorno.
El ascensor lo dejó en el cuarto piso, en donde su departamento de dos ambientes, con pocos
muebles antiguos de buen gusto y lustroso piso de madera esperaban recibirlo luego de toda una
tarde de bar y charla con algunos personajes de cafés; otros solitarios, bohemios y melancólicos
porteños; de esos que arrastran vidas escritas con letras de tango.
Encendiendo uno de sus clásicos cigarrillos negros, decidió disfrutarlo sobre su preferido sillón, no
sin antes acompañar la ceremonia también con un rico whisky. La noche ya comenzaba más
temprano y el frío acobardaba las salidas nocturnas. Recién era miércoles y se reservaba para el
viernes. Tenía las entradas para el ringside del Luna para lo que se suponía iba a ser una gran noche
de boxeo, que tanto le gustaba. También le gustaba escribir. Era buen escritor aunque nunca alcanzó
la fama y para vivir trabajaba también escribiendo para algunos diarios nacionales y del extranjero.
Entre las pocas cosas que disfrutaba, estaba el sonido de los hielos en su whisky del atardecer o a la
noche junto al humo de un puro o un cigarrillo negro, como el que fumaba.

La entrada para el Luna Park posaba sobre un mueble, junto a la computadora en la cual al día
siguiente debía trabajar. Ese placer del silencio nocturno lo disfrutaba mucho.
Un ruido que lo alteró, algo al principio suave pero que fue creciendo. Buscando orientar la
atención hacia su origen se puso de pie. Nada. De golpe, nuevamente ruidos que ya aumentaban su
volumen hacia algo violento. Venían de otro lado del mismo edificio. Con sigilo se asomó al pasillo
y entonces ya se distinguían sonidos propios de muebles y objetos que se derrumbaban y
finalmente, el desgarrador grito de una mujer que parecía con furia dar algo por terminado. No se
animó, en principio, a dirigirse hacia el lugar de origen de lo que parecía una pelea. No, claro, no
era cuestión de inmiscuirse en asuntos ajenos. Permaneció de todos modos inmóvil y el sepulcral
silencio luego de aquel episodio solo se vio alterado por el crepitar de los dos pedazos de hielo
dentro del vaso con whisky. A partir de ese instante las voces de más vecinos del edificio se oían en
los pasillos. Se asomó él también y entre comentarios alcanzó a oír que alguien decía “fue en el
quinto piso. Ya llamé a la policía, están viniendo” “No claro”, pensó Carlos, “este quilombo no es
para mi”.
Queriendo retomar su vaso y el atado de cigarrillos no podía sin embargo abstraerse completamente
del suceso. Guardó silencio y al cabo de unos minutos vio por la ventana el reflejo de luces que
parecían dar vueltas. Ya habían llegado dos patrulleros que estaban en la puerta del edificio. El
asunto parecía de cierta gravedad. Con más razón no tenía intención de involucrarse. Hasta que
alguien golpeó su puerta.
Un instante de duda, algo de miedo y fastidio. Y entonces dijo “¿Quién es?” También pareció haber
un instante de duda del otro lado hasta que una voz de mujer que se oía temblorosa, con miedo,
atinó a decir “Por favor, necesito ayuda” Un silencio y otra vez el pedido. “Por favor”
“La puta madre, por qué a mi” murmuró Carlos aunque no pudo dominar su genio y abrió la puerta.
Sin duda la lucha del quinto piso había sido feroz. La mujer en el umbral de la puerta estaba en mal
estado, con su vestido ensangrentado y con marcas de golpes en brazos y rostro. Su mirada perdida,
su angustia inmensa.
-Por favor, dejame pasar.
Carlos la dejó pasar aunque no pretendía dejarla allí.
-Mirá no se lo que te pasó, pero no quiero quilombos. La policía ya llegó y yo no quiero
involucrarme en lo que haya pasado - dijo Carlos-
Aún temblando y con la vista perdida ella dijo -Por favor ayudame, Carlos-
Ahora era el mismo Carlos quien temblaba. Quedó paralizado y entonces pudo entender por qué
había sentido esa rara sensación cuando poco tiempo antes ingresaba al edificio.
-¿Marcela?
-No podía pedir ayuda a otro Carlos.

-¿Vas a ayudarme o no? -insistió ella-
-Te perdiste hace casi veinte años y de golpe estás en mi departamento golpeada y ensangrentada y
no quiero saber qué más pasó. Y ahora entrando al edificio la policía.
Ella amagó entonces a irse, pero él la tomó del brazo. Al poco tiempo Carlos se encontraba tratando
de limpiar las heridas de Marcela; al menos las físicas que presentaba. Y en esos momentos se
iniciaron más conversación.
-El otro día pasaste delante de mi en la entrada y no me reconociste -dijo ella-
-No recuerdo – contestó Carlos -
Le contó en qué ocasión fue y así él recordó el episodio. Claro, no lo había querido registrar porque
le había parecido una situación algo desagradable. Una mujer que llevaba anteojos oscuros a pesar
de un día lluvioso y un hombre grandote con aspecto de violento. Ahora entendía más; ella era una
mujer golpeada por su pareja. Pero ahora, algo desató la ira de esta mujer y terminó en tragedia.
Marcela comenzó a contar cómo había conocido a ese hombre en un bar hacía ya dos años, que al
principio parecía divertido y muy varonil pero al poco tiempo de estar juntos, ya estaba atrapada en
el mal trato, la violencia y el miedo.
-,Por qué nunca me llamaste? -preguntó Carlos-
-¿Vos lo hiciste?
-Nunca me animé. Después del modo en que te alejaste de mi. Siempre me culpé.
-Carlos, jamás dejé de quererte.
-¿Qué pasó ahora? -preguntó él como para salir de la situación-
-Nunca más va a volver a pegarme. Ni a nadie.
-Por Dios Marcela, decime que no...
Ella posó sus dedos en su boca para silenciarlo y lo acarició mansamente.
La policía ya estaba registrando todo el edificio. El cuerpo del hombre estaba tirado sobre el piso
del departamento que había habitado con Marcela.
Carlos no sabia qué hacer y ella le pedía que la resguardara. Enseguida la policía golpeó y se
anunció a su puerta y él no contestó. Pero al apagar la luz dio evidencia de que alguien había
adentro.
Se abrazaron. Lloraron y se besaron con pasión y ternura. El amor nunca se había terminado entre
ellos. Ahora quedaba saber cómo salir de esta terrible situación. No había muchas alternativas.
No pasó mucho tiempo más. La policía volvió a golpear y de repente, con un ariete derribaron la
puerta y los encontró a ambos abrazados en un sillón. Ella aún con las señales de la lucha para
deshacerse de su golpeador. Él, con una angustia reflejada en su rostro que asustaba a quien lo
mirara.
De golpe Carlos comenzó a gritar. No quería que los separaran. Hasta que un último penoso grito lo

puso casi de pie y terriblemente asustado. La luz estaba encendida; el vaso con whisky sobre una
mesa. Eran casi las doce de la noche. No sabía por qué había tenido ese espantoso sueño dormido en
el sillón. Y con la cara entre sus manos solo atinó a decir “carajo, que noche de miércoles”
Decidió preparar un té en la cocina para calmarse y acostarse a dormir. El escalofrío y el miedo
todavía los sentía. Igual que aquella sensación que tuvo a la tarde al ingresar al edificio. ¡Y la
imagen de Marcela ensangrentada y luego abrazados! En fin, todo debía quedar cono anécdota.
Estaban por dar las doce de la noche de ese miércoles. de golpe se atormentó y dejó caer la taza de
té. Alguien golpeó desesperadamente ls puerta.-
GJS

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